Los viajeros románticos

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Viajeros románticos por Andalucía

Cuando España se puso de moda allá por los años del siglo XIX y viajar por Andalucía era penetrar en un mundo misterioso, desconocido y atractivo, lleno de todo tipo de aventuras y peligros que a toda costa se debían de superar con tal de descubrir la que alguno de ellos, como Richard Ford, calificó como “la tierra mas hermosa del mundo”, una pléyade de viajeros-escritores recorrió los cuatro reinos andaluces. Proliferaron los franceses y los ingleses, aunque también los hubo alemanes, holandeses, italianos, portugueses, rusos, norteamericanos o australianos. La mayoría venían atraídos por los monumentos, los paisajes, la gastronomía, el arte, el clima, la historia, etc. Viajaban de la manera más dispar. Algunos llevaban un amplio séquito y todas las comodidades posibles para la época. Otros, por el contrario, lo hacían en coches de línea, diligencias y galeras, con rutas y horarios preestablecidos. También hubo de los que cargaron con la mochila y se lanzaron a la aventura. Quizás nos suenen los nombres de Francis Carter, Benjamin Disraeli, Robert Semple, William Jacob, Alejandro Dumas, Prosper Merimeé, Washington Irving o Jean Charles Davillier. Todos recogieron sus impresiones en un cuaderno de notas, fiel compañero depositario de la memoria, hasta que llegase el día en que de manera más sosegada, todas esas remembranzas, ordenadas y bien redactadas, se entregasen al editor para que las transformase en uno o varios volúmenes que harían las delicias de los ávidos lectores demandantes de ese tipo de literatura.

La Península Ibérica, una tierra que se consideraba peligrosa, cuyos zigzagueantes caminos y escarpadas veredas estaban infestados de atracadores y cuyas ventas eran guarida de malhechores, se convierte, gracias a la pluma de escritores de libros de viaje, en un país que comienza a ejercer una gran fascinación entre los aventureros empeñados en desentrañar el alma de esta tierra mágica. Fueron cientos los viajeros extranjeros que recorrieron España y cientos también los que dejaron constancia de haber realizado el viaje publicando sus diarios al volver a sus países. Hubo viajeros que describieron con precisión y minuciosidad ciudades y pueblos, monumentos y obras de arte, caminos y paisajes, costumbres, tradiciones e incluso la situación política y social en la que se encontraba el país en la época en el que lo visitan. Otros, por el contrario, confunden al lector ofreciendo en sus relatos una mezcla de verdad y ficción no siempre delimitada, y son muchas las obras en las que se exageran los peligros, se elevan las montañas, los precipicios se hacen más profundos y escarpados, se oscurecen las posadas y las ventas aparecen aún más lúgubres. Un tercer grupo sería el de los viajeros que ofrecen relatos más cercanos a las guías turísticas actuales. Sus obras son compendios de precios y distancias. Viajeros que llenan sus narraciones con los nombres de las mulas que llevan sus diligencia y con los sabores y olores de las comidas de las ventas, con la descripción de rostros y atuendos de huéspedes y posaderos.
Pero, sea cual sea el relato del viajero, científico, ficticio o real, todos presentan una constante: incluyen un episodio en el que han tenido un desafortunado encuentro con bandoleros, o alguien les relata lo que les ha ocurrido a otros viajeros, o narran como se han visto obligados a avanzar aterrados ante la presencia de bandoleros en la distancia. Incluso los hay que basan su narración en el deseo de verse involucrados en una aventura, en el deseo de verse atracados.

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